A Ana María Giunta nada la amedrenta. A pesar de estar en internación domiciliaria, ella continúa con la actividad de Todos en Yunta, la Asociación Civil “Ana María Giunta” -el taller integrador que nació en 1994 para durar tres meses y ya va hacia sus 18 años de vida- a pesar de las prescripciones de reposo de los médicos. La justificación de la actriz anula todo intento de hacer que siga sus indicaciones: “Yo no puedo vivir sin esto. A mí, ayudar me hace bien”.
La historia
En su adolescencia, Ana empezó a trabajar en un taller de actividades diferenciadas, con chicos y adultos con discapacidades mentales y problemas psiquiátricos. “Empecé a darme cuenta de que pasaba el carrito de la comida y los empastillaban (para frenar los brotes violentos o los ataques de epilepsia) yo me daba cuenta de que los tenían en ese estado. Así no se puede tratar a una persona, no podés lograr nada con eso porque los mantienen atontados. Entonces, yo hablé con el médico y me dijo ‘bueno, pero acá no hay quien contenga’, entonces yo contesté ‘yo los voy a contener’. Me gané la confianza de las personas internadas, y los empecé a tratar como lo que son, personas, así de simple, y con el ‘pobrecito’ no va, y se puede, intentémoslo. De ahí surgió lo que di en llamar ‘el síndrome del zorro y la uva’: ‘no puedo’, ‘no me gusta’”.
Hace 18 años que Todos en Yunta orienta su obra sobre la base de estas ideas. Giunta inició talleres mientras trabajaba como asesora en Derechos Humanos, y la falta de compromiso por parte de políticos y funcionarios la llevaron a abandonar: “Yo creo que las falsas expectativas son mucho más dañinas que la indiferencia, se decía ‘esto y esto’ y no se cumplía absolutamente nada, viajaban los funcionarios políticos por todo el mundo y se desgarraban las vestiduras por lo que pasaba acá, allá, en todos lados, y ¿acá, qué? Y un día, un chico que hace 18 años que es alumno mío, me encontró. Porque yo hasta perdí mi casa por dedicarme a esto, la hipotequé, quise hacer Romeo y Julieta en Mar del Plata, gratis, para los chicos que no tenían plata, y perdí todo.” Marcelo Franco, su alumno, la encontró y a partir de allí, su madre comenzó a contactarse con Giunta. La madre de Marcelo deseaba que su hijo pudiera volver a la actividad en los talleres, pero Ana no contaba con el dinero necesario. Ella le dijo que había siete madres dispuestas a colaborar económicamente, por lo que empezaron con un taller de teatro que tendría una vida de tres meses. Pero no fue la única forma de sostén: “Empezamos a organizar bailes en Burzaco. Nunca me voy a olvidar de Los Auténticos Decadentes, que dijeron ‘bueno, vamos a hacer una piecita’. Cuando se dieron cuenta de que los chicos se sabían todas las canciones, se quedaron toda la noche y lloraban como locos, los tipos, de emoción. Y bueno, así fue creciendo”.
Cerca de la mayoría de edad, Todos en Yunta cuenta con talleres de danza, música y clown, y cada fin de año, en el Teatro del Globo, presentan obras como La tempestad, Otelo (con la que están de gira), Romeo y Julieta, Sueño de una noche de verano y Hamlet de Shakespeare, La casa de Bernarda Alba y Bodas de Sangre de García Lorca, adaptaciones de Alicia en el país de las maravillas, Blancanieves, Cenicienta y El Principito y desfiles de moda. Para este fin de año se encuentran preparando el comienzo del teatro criollo, de Los Podestá. No sólo reciben a personas con discapacidad: al Taller puede entrar quien lo desee, tenga discapacidad o no. Aunque Giunta reconoce que el término no es unívoco: “La discapacidad es un amplio espectro. Si vos tuviste una madre castradora que te dijo ‘esto no, esto no, esto no, vos te seguís convenciendo de que vos nada podés.”
Desdramatizando la discapacidad
Giunta sabe que, si creemos en la integración, hay que terminar con los prejuicios y las etiquetas que pueden incluso, con frecuencia, ser bienintencionadas: “Lo que hay que hacer es perderles el miedo, porque a las personas con discapacidad se las abandona o se las sobreprotege, que son dos maneras de paralizarlos. Desde acá hacemos todo lo contrario, ver todo lo que se puede. Yo fui una mujer que desdramatizó el tema de la discapacidad: no es ni un castigo de Dios, ni una gloria que Dios me mandó del cielo, ni nada ¿Se le chispoteó la máquina? Punto, jodete, asumilo y amalo tanto como a cualquier otro hijo porque es tu hijo y, bueno, va a necesitar otras cosas”. Lo más difícil, a veces, es que desde los organismos del Estado y la Nación, e incluso desde las mismas familias, lo entiendan: “Voy a Cultura de la Nación y pido subsidios, digo que me ayuden con esto, porque hay unos chicos que pagan pero la mayoría vienen becados. Y el encargado, que era justamente un compañero actor, me dijo ‘No, no te puedo ayudar, Giunta, porque vos trabajás con enfermos, y esto es Cultura’. Te imaginás lo que yo pensé, le dije ‘No, las personas discapacitadas no son enfermas’, y me dice ‘Te corresponde ir a Salud’. Yo voy a Salud, ya con ganas de acogotarlo, pero voy, y me dicen ‘No, no la podemos ayudar porque usted tiene enfermeras en planta’, a lo que respondo ‘No, no porque yo doy cultura, doy arte, que es un derecho también de las personas, y formación general para la vida, primero les enseño a ser felices, que tomen conciencia de ser personas, que acepten su discapacidad. Yo no les enseño a hacer huevadas para que las vendan de lástima, no’, y me dijo ‘no, entonces no la podemos ayudar’”.
Actualmente la Asociación está por convertirse en Fundación, y esperan los subsidios correspondientes. Los numerosos premios que han recibido, entre los que se incluye la Bandera nacional entregada por el Congreso de la Nación, no han salvaguardado al Taller de las dificultades económicas.
A veces, también, es difícil que en las familias entiendan que su hijo o hija con discapacidad tiene en realidad más capacidades de las que creen. Y, desde su lugar, Ana se anima también a romper con la imagen asexuada que se tiene de las personas con discapacidad, con la idea de que no tienen sensaciones: “Yo les enseño de sexualidad y de todo. Ellos aprenden, y saben, y me preguntan y me confían cosas. Entonces, los asistentes que vienen acá me abren los ojos así, porque yo muy francamente les pregunto ‘vos, ¿te masturbás?’, ‘vos, Fulanita, ¿tenés ganas de tener un novio? ¿Quisieras que te besen?’se miran así los voluntarios. Los padres me dicen ‘¡no, pero mi hijo…!’: tu hijo no es un ángel alado, es una persona.”
El arte, el diálogo abierto y franco, pero sobre todo, el amor por las personas y por lo que se realiza, hacen que la tarea integradora sea posible:
“Yo soy feliz, y se logran maravillas. Vino una mamá, con una nena, hace muchos años, que el diagnóstico era vida vegetativa. No se paraba, no se sentaba, no sostenía la cabeza, no hablaba. Y gritaba como un animal. Ahora camina, habla, se sienta, baila. Y yo cada vez que la miro a ella digo ‘todo vale la pena’. Al verla a ella, todo vale la pena.”
Para colaborar
El Taller necesita un equipo de sonido, una pantalla y un proyector, y un juego de luces. También vestidos de fiesta y otras prendas, alimentos, y todo aquello con lo que se desee ayudar.
También requieren voluntarios con carreras como Psicopedagogía, Educación Especial, maestros, aunque esto no es excluyente, ya que Giunta enseña cómo trabajar con discapacitados mentales, psiquiátricos, sensoriales y personas con problemas sociales.
Las colaboraciones se reciben en Saavedra 138, Capital Federal, en cualquier horario. Página web: www.todosenyunta.com.ar. Teléfono: 4953-8255.
Romina Lettieri


